19 mar 2012

¡Ni un paso más!


Lo dimos.
¡Y no debimos haberlo hecho!
Todo sucedió aquella soleada tarde de octubre. El otoño había obligado a los árboles centenarios de esta preciosa zona leridana a desprenderse de su manto, depositándolo sobre el cesped, los caminos y el estanque.
Teresa y yo paseábamos por el entorno comentando este dia encantador, en el que compramos aceite, vino con D.O. y degustamos un sabroso menú, mientras teníamos la posibilidad de visitar este mini-zoo repleto de especies acuáticas protegidas. Cisnes, ocas (pre-foie), patos y otros ánsares y gallináceas, pululan por aquí en una casi completa libertad. Paseando e intentando realizar algunas bonitas fotos, nos hubiera resultado muy fácil poder tocarlas.
Ensimismados en nuestras fotos, nos recreamos en los graznidos de un nutrido grupo de ocas. Parecía que se habían vuelto locas. Su sonido creo que lo podrían haber oído desde Ivars, que está a unos 2  km. Nos parecieron muy pequeñitas en comparación del ruído que hacían, pero como no entendemos nada de estos bichos no le dimos importancia y nos decidimos a acariciarlas.
En éstas, me dí la vuelta, atraído por un jolgorio que se producía a mi espalda.
No podía creerlo. Cinco ocas, ánsares, o lo que fueran, con una altura de pata a cabeza que a mí se me antojó de unos 3 m. o más se dirigían hacia nosotros graznando,corriendo, y batiendo sus alas. Los picos tan abiertos, que vi el brillo de sus dientecillos reflejándose en el sol de media tarde.
Eché a correr, mientras buscaba a Teresa con la mirada. La ví corriendo en dirección contraria a la mía.
Las ocas también corrían. Tres se fueron a por mí y dos a por ella.
Después de volar más que correr unas cuantas decenas de metros, me detuve planteándome muy en serio que, o ellas o yo. Las ocas también se detuvieron. Las cinco. Ni Teresa, muy lejos de mí, ni yo nos movíamos, presas de un cierto y estúpido pánico.
Las ocas sí se movían. Fueron retrocediendo hasta que se reagruparon, sin parar de emitir sonidos y mirándose unas a otras. También nos echaban una ojeada a nosotros.
Siguieron retrocediendo hasta que llegaron a las otras ocas que nosotros estuvimos a punto de acariciar.
Entonces lo vi claro. No estaban haciendo otra cosa que proteger a sus crías ante lo que consideraron un ataque a sus retoños por nuestra parte. Nos dejaron acercarnos hasta que entre ellas se dijeron: ¡Ni un paso más!
Los urbanitas hemos de entender de una vez que un pollo no existe únicamente a "l'ast" y que el foie una vez tuvo plumas, patas y pico (¡y con qué dientes!)

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