20 feb. 2012

Teresa en su mundo

       2011 El Galeró - Arens de Lledó (Teruel)


Este hermoso paraje natural, a la entrada de Arens de Lledó en Teruel, era vuestro espacio favorito para ti y tus amigas. Sobre todo en verano.
Os pasabais las horas nadando, buceando y tomando el sol en esta especie de piscina que el río Algars, afluente del Matarraña, ponía a vuestro alcance.
Cada vez que venimos a este pueblecito donde están tus raíces, nadie es capaz de privarte de tus diez minutos de paseo por aquí. Igual que hacía tu madre.
No nos decimos nada, pero yo te observo y me pasan mil películas por la cabeza. ¿En qué estarás pensando? ¿Cuántos locos recuerdos de juventud, cuántas aventuras con tu primer noviete, cuántas otras cosas desfilarán a buen ritmo por tu cerebro?
Mientras disfrutas del lugar, nunca falta aquella mirada, mezcla de miedo y reto a ese agujero entre las piedras, por las que te hartabas de bucear y en el que estuviste a punto de ahogarte al quedarte enganchada…
Tampoco puedes privarte de tirar al agua las piedrecillas que encuentras entre esas caprichosas rocas, a pesar de que ya quedan muy pocas y, en parte, gracias a ti…
Y esos paseos, casi saltitos, para esquivar los agujeros y hendiduras de ese paisaje lunar, que los años y el agua de este río ha ido trabajando… ¿para ti?
Pero el otro día fue distinto. Te quedaste sentada, mirando al infinito, con la mirada perdida. Me dijiste que te dejara unos minutitos para tomar el sol, antes de ir a dejar esas flores allí donde reposan las cenizas de tu madre, en un terrenito muy cerca del pueblo.
Te dejé a solas contigo misma. Estoy convencido que es eso realmente lo que querías esta vez. Y también sé en qué estabas pensando porque a lo lejos, te vi llorar.
No pensabas en tu madre, como sueles hacer cuando le llevas esas flores. Ahora pensabas en ti. Pocas veces lo haces, pero no pudiste evitar que el miedo escénico se apoderase de tu mente poquito a poco, pero con serenidad.
Sabes que esa intervención es como mínimo un alto en el camino que tú no quieres hacer. Creo que a nadie le apetecería. Pero también sabes, y eso espero que no lo olvides en ningún momento, que lo que te preocupa se acaba allí, en el quirófano. No pasa nada más. No hay nada más. Sencillamente, porque esta vez no es tu turno.
Tendrás que esperar. Y yo espero y deseo que sea mucho, mucho, mucho tiempo.
Te saqué unas fotos, porque me puede el vicio, y esperé tranquilamente a que quedaras en paz contigo misma. Y creo que te fue bien. Te lo noté en tu semblante y lo notamos luego en la mesa del restaurante tu ahijado y yo, cuando sin miramiento alguno te ibas comiendo tus raciones y lo que no pudimos salvar de las nuestras. Por cierto, el vino, bueno ¿no?
Te quiero. Y más, ahora.

16 feb. 2012

Carnaval en el Mercado



Entre verduras, terneras, sardinas o frutos secos, cada año el mercado barcelonés de Collblanc pierde su habitual ajetreo e histeria y se dedica por unas horas a olvidarse de las ventas, la crisis y el malestar, transformándose de arriba a abajo en un lugar multicolor, alegre y bullicioso, donde imperan los disfraces y las sonrisas, aunque los precios no bajen por ello.
Es tradición que el viernes de Carnaval acudan al recinto y su anillo exterior las escuelas de primaria de la zona, niñas, niños y profesores, disfrazados todos por igual y cantando canciones apenas inteligibles, lo que provoca cariñosas sonrisas entre unas mujeres (y algunos hombres) que se estaban entristeciendo por minutos, viendo como desaparecía su dinero en la compra del dia.
Los vendedores de las paradas también se disfrazan, de lo que pueden, quieren, o acuerdan por sectores. No hay glamour, no se busca tampoco. Es la diversión por la diversión.
Este pasado sábado se me pidió un reportaje informal sobre el evento y la verdad es que se convirtió en una agradable tarea en la que lo difícil fue el "robado", ya que al ver la cámara prácticamente todo el mundo posaba con una sonrisa. Incluso algunos clientes querían inmortalizarse con el vendedor de su parada de toda la vida.
Recordé entonces la célebre batalla legal por el derecho a la propia imagen y las denuncias y multas que le pueden caer a uno por fotografiar personas en la calle.
¿El Carnaval es la gran medicina que nos quita la tontería y la doble moral, aunque sea únicamente durante una semana al año?
¿Esos dias tenemos los sufridos fotógrafos una especie de bula para fotografiar libremente todo lo que se menea?
¿Quizá el Gran Hermano, que afortunadamente no es la recalcitrante Iglesia, nos tocó de la cabeza por unos dias para devolvernos a lo que debería ser el verdadero estado del ser humano?
No sé, pero si así fuera, ¡¡¡¡Viva Carnaval !!!
Y este 2012 especialmente, regresé a casa con una agradable sensación de bienestar. Aquella misma que durante cierto tiempo, escaso, eso sí, consiguió que olvidara una realidad: que mi compra en el mercado era de promedio un 10% más cara que el año pasado por las mismas fechas y que aquellos que habían venido al mercado en bus, que los hay, aún debían rascarse el bolsillo con 4€ más (2€ de ida y 2€ de vuelta, ¡¡que eso sí es un Carnaval, pero maldito!!).

14 feb. 2012

A ti padre

2009. Parc Cervantes (La Rosaleda) - Barcelona

A tí padre, allí dónde estés

Padre, siempre admiré muchas cosas de tí:
Tu paciencia y obsesión en transmitirme dia a dia tus valores
Cómo te sacabas tiempo de la manga para repasarme los deberes después de doce horas de pluriempleo (era la moda)
Cómo me castigaste cuando fue necesario sin ensañarte conmigo
La pasión que tuviste siempre para comunicarme tus pensamientos y tus ilusiones, pero no tus preocupaciones y frustraciones
Tu sentido del deber y la justicia. Nunca las cosas estaban del todo bien, siempre se les podia dar un cuarto de vuelta. Nunca me regalaste nada inmerecidamente, pero no recuerdo que me escatimaras nada tampoco.
Lo poco que te fiabas de mí y, a pesar de ello, me dejaste decidir a mi libre albedrio. ¿Sabías acaso que lo haría bien porque, de alguna manera notabas que ya llevaba tus valores en mi mochila?.
Tu nobleza en tus actos y con tus pocos amigos. Como yo, fuiste un solitario y con el agravante de tener una familia muy cortita (en miembros, me refiero)
Admiro tu fortaleza cuando, después de la guerra, siendo tú un niño, casi os moríais de hambre en Barcelona, mientras te hartabas de hacer cola con el abuelo para recoger los malditos Cupones de racionamiento.
Y, en tus últimos años, me hacías reir cuando al visitaros te encontraba enganchado a la parábolica que te regalaron, buscando nuevos canales como un loco, calculando los azimuts de los satélites y sacándonos a todos de quicio porque no nos dejabas ver la tele. Pero esa era una de tus pasiones.
Gracias a tí, he aprendido a luchar, a saber esperar (me cuesta), y a levantarme después de caer (te lo vi hacer muchas veces).
Pero, sobre todo, admiraré siempre tu comportamiento durante esos seis meses de enfermedad mortal que alternaste entre el hospital y tu casa. Meses en los que no me harté de ayudarte a comer cuando fue necesario mientras charlábamos de nuestras cosas. Creo que fue entonces cuando aprendi a conocerte mejor y a quererte de verdad. Y creo que a tí te pasó lo mismo. Creo también que ya podíamos haberlo hecho antes. Pero, mira, la vida nos dio una última oportunidad que supimos aprovechar.
Te admiro por muchas otras cosas y te agradezco haber heredado de tí otras tantas, pero no quiero alargarme más. Sinceramente, creo que ésta te la debía y por si te fuiste creyendo que nos besamos y abrazamos poco, ahí te dejo este detalle. Sé que lo llevarás para siempre en el fondo de tu alma.
Nos vemos cuando yo termine aquí abajo.
Un beso, papá.

Después de la lluvia


 
La Fiesta Mayor de Esterri d'Àneu toca a su fin, igual que mi exposición de plumillas.
No me puedo quejar. A pesar de la crisis, que ya asomaba el hocico por el horizonte, he tenido muchas visitas y también ventas y contactos. Y, por encima, muy por encima de estas vanidades mundanas, me he sentido muy vivo. He gastado mucha saliva con quienes visitaron mi obra y también he tenido el placer de conocer a la hija de Ramón Violant Simorra (Sarroca de Bellera, 1903-1956), célebre etnógrafo y folklorista catalán, que, entre otros trabajos, realizó uno muy minucioso sobre los Pirineos que culminó con el libro El Pirineo español.
Con el tiempo, trabajó mucho nuestra zona y aportó impagables documentos gráficos (fotografías) del día a día de los pallareses. En una de ellas, me cabe el inmenso honor de ver inmortalizado a mi abuelo Daniel ejerciendo su oficio de hojalatero en el taller. Fue una hora de conversación en la que aprendí mucho más que en todo un curso universitario. ¡Qué mujer! ¡Que serenidad más embriagante la suya, sin duda producto de la edad y la experiencia!
Y también me sublevé a menudo porque en los cinco días de exposición (en Casa Gassia, el Ecomuseu, por si os acercais por allí) no dejó de llover.
Cada dia, como si la naturaleza sacudiera un tedioso despertador, acudía puntual la tormenta. A las 12 h del mediodía, hasta la hora de comer, y por las tardes desde las 17 h hasta las 21 h, e incluso más tarde alguno de los días.
¡Y qué tormentas! Los truenos retumbaban por las montañas cercanas de tal manera que parecía que esas mismas moles pétreas rugían para devorarnos. De los relámpagos mejor no hablar, porque por la noche en la pensión nos iluminaban la estancia como si fuera de dia.
Como hacía bastante calor y a mí, en el fondo, me gusta este fenómeno natural, cada tarde me sentaba bajo el porche en aquellos momentos en que no tenía visitas y me deleitaba viendo caer la lluvia, oliendo a campo mojado, a madera mojada y a ozono. Mientras, intentando dejar de ser tan egoísta y pensar sólo en mí mismo, me dí cuenta de que apenas se realizaban actividades en esta Fiesta Mayor. Hasta que no se pudo reubicar todo dentro del polideportivo, incluidos el baile y las actuaciones en directo, pasaron dos dias en los que aquellas buenas gentes miraban ese cielo embotado y negro, negro, negro pidiendo, suplicando que esos nubarrones desaparecieran. Habían esperado todo un año para poder dar rienda suelta a su alegría, participar en actividades y reunir en sus mesas a toda la familia ante un buen guiso de la "padrina" y todo parecía irse al traste.
Me dio rabia por ellos, pero la Naturaleza es así. Es reina y señora y dice "Aquí estoy" cuando le apetece.
A última hora y viendo que ya no aparecería nadie por el lugar, decido recoger y aprovechando un lapsus de la lluvia, apilo mi obra no vendida y me voy a por el coche. Lo acerco a la sala, abró el capó y empiezo a cargar.
Empieza a llover. Y muy fuerte. Cuando acabo de cargar y me meto en el coche, chorreando como "un poll mullat" (como decimos en catalán), también dejá de llover. Me sonrio y cansado regreso a Rialp, unos 28 km más abajo.
Por el camino, aparece tímidamente el sol y empiezo a pensar que cuando llegue y haya descargado, me iré a buscar caracoles. La hora y el clima serán idóneos para coger 3 ó 4 kilitos.
Llego a Rialp. Paro delante de casa y empiezo a descargar.
También empieza a llover. Miro hacia arriba porque no me lo creo. Como dicen los vascos, igual sólo es una nube y me la he llevado puesta. ¡Pero si parecia que las nubes desaparecían definitivamente! ¡Pues no! Otra vez negro, negro.
Y de repente, empieza a caer piedra. A mí me parecieron tan grandes que se me antojaron verdaderas pedradas, que podían llegar a romperme los cristales de mis cuadros.
Acabo de guardar mi última obra, sorprendido de que no me haya sucedido nada más. Aparco bien el coche y deja de llover.
Bien, muy bien. Lo suponía
Me cambio de ropa, me seco bien seco (que ya costó) y me voy a buscar caracoles.
Y como dicen que bien está lo que bien acaba, pues nada, que cogimos 3 kilitos de esos simpáticos cornudos y de Esterri me llevé esta toma que me encanta. Si la oleis y cerrais los ojos, podreis sentir ese ozono y esa libertad que yo sentí en aquel paraje idílico de la Vall d'Àneu.