6 sept. 2012


Fumando espero

Barcelona, Raval.
24 de junio, San Juan. 13 h. Calles vacías. Soledad y silencio absolutos.

Txema apura su último pitillo, asomado en el agrietado balcón de aquella maloliente pensión de 3ª, que un mal amigo le recomendó seis meses atrás y que se había convertido en una ratonera de la que no podía escapar.
Su mirada divagaba a lo lejos, perdida en diversos rincones de una acera, donde junto a unos contenedores descansaban latas de cerveza, botellas de licor vacías, restos de confeti, serpentinas, carcasas de petardos, cañas huérfanas y otros restos de manchas de pólvora negra, entre las que se camuflaban las defecaciones de algún perro, cuyo amo no había sido capaz de retirar, a pesar de no ser un amputado de ambas manos.

Txema también tenía resaca. Y mucho sueño.
Pero no era debido a las lógicas juergas, verbenas y borracheras de una noche como la anterior, sino porque se había pasado las últimas 24 horas sentado en el único sofá de aquel antro, bebiendo hasta casi apurar una botella de whisky barato y fumando sin parar, con la intención de evadirse de una realidad sórdida y pegajosa como las noches de aquel horrible y seco verano. Una realidad que a esas horas del día, volvía a plantarse delante de sus ojos, más aún, dentro de su cerebro, recordándole que ya había regresado de su corto sueño.

Txema nació en Guernika un mes de abril de 1990. Buen estudiante, terminó la carrera de filología alemana por la Universidad de Bilbao hacía poco más de un año y con un espectacular promedio de 9,5.
Lleno de sueños, se despidió de su madre, viuda hacía tres años, mientras repasaba con su mirada aquel entorno rural que le vio crecer.
Se trasladaba a Barcelona para iniciar su vida laboral como profesor de alemán en una academia concertada de Nou Barris, en la que ganó merecidamente su plaza después de inundar la Península Ibérica con su curriculum (vitae, adjetivado así cuando existía vida en la Tierra). Su objetivo final era la universidad y obtener una cátedra en ella.

Aquellos primeros meses en su nueva ciudad adoptiva fueron difíciles, pero muy agradecidos. Vivía en un piso del ensanche de 150 m2 junto a otros cuatro compañeros. Se ganó el respeto de los demás profesores en la academia y poco a poco fue creciendo su círculo de amistades, relacionadas básicamente con el mundo docente. Incluso llegó a tener pareja estable, Sonia.
Pero su suerte empezó a cambiar aquella maldita madrugada de finales de enero, cuando un niñato tarado, lleno de alcohol y drogas hasta el flequillo embistió la scooter de Sonia a toda velocidad, dándose posteriormente a la fuga. Aquella chiquilla, preciosa, inteligente y llena de vida moría pocas horas después en un hospital con su mano derecha fundida en la de Txema.
Pasados dos meses, la maldita crisis se cebó en su academia. Los recortes afectaban seriamente la cofinanciación, obligando a los dos socios que la fundaron a cerrarla a cal y canto, dejando en la calle a 24 personas, entre ellas Txema.

La dureza de la situación social que se vivía en la ciudad y en todo el país impedía al chico encontrar algún trabajo que pudiera preciarse de ese nombre.
Iba trampeando la situación como podía, pero poco a poco su situación económica empeoró cuando agotó los pocos ahorros que tenía, hasta el punto de tener que abandonar el piso, ya que los otros muchachos que lo habitaban se quedaron también sin trabajo. Su madre, allá en Guernika, tenía lo justo para subsistir y no podía ayudarle.
Del grupo de amistades que tenía se quedó con tres, que estaban peor que él. El resto, le recordaba una vez tras otra su caída, con comentarios tan poco acertados como inconvenientes. Y es que la gente sigue sin saber discernir al pobre de la chusma (que, aunque parecida al primero, suele actuar de oficio).
Estaba literalmente sólo. Y también se sentía muy, muy sólo.

Mientras se deprimía por momentos pensando y auto complaciéndose en todas sus miserias, se dio cuenta que inconscientemente se había sentado en la barandilla del balcón, con su cuerpo encarado al vacío.
Un escalofrío intenso y prolongado recorrió su cuerpo, mientras permanecía agarrado a la barandilla con ambas manos. Pero, paralelamente, comenzó a sentir también un sentimiento muy contrario: cuanto más miraba hacia abajo, más le atraía la idea de lanzarse a ese vacío que, con un poco de suerte, le ayudaría a terminar con una pesadilla de la que no podía despertar.

Muy despacio, soltó su mano derecha. Empezó a sudar cuando la imagen de Sonia cruzó su cerebro.
Cuando se disponía a soltarse definitivamente para caer, su móvil empezó a sonar. A sonar, a sonar, a sonar… Mucho. Demasiado, para su gusto.

Con la mano que tenía libre se lo sacó del bolsillo de la camisa y se lo acercó al oído: -¡Digaaaa!- espetó con un tono ciertamente agresivo y molesto.
-¡No lo hagas! ¡Te pido por favor que no lo hagas! – le susurraba una voz al otro lado del auricular.
Txema palideció y como despertando bruscamente de ese peligroso círculo vicioso en el que se hallaba inmerso, dejó de mirar hacia abajo mientras trataba de agarrarse a la barandilla como podía para no caer. ¡Esa voz, esa voz…!¡Qué familiar le resultaba!...

-¿Porqué quieres hacerlo? – oía - ¿No decías siempre que querías ser como yo? ¿Por qué no lo intentas ahora que tienes ante ti tu prueba de fuego? ¿Acaso no has entendido aún que cada vez que caes tienes que saber levantarte? ¿Acaso no entiendes que con cada caída aprendes a ser más fuerte para superar la siguiente? –
La voz continuó: -¡Debes seguir adelante. Acabar ahora sería demasiado fácil. Piensa con objetividad y frialdad en tu futuro. Verás como encontrarás una salida digna para ti. Pero por encima de todo, quiero que nunca olvides cuánto te quiero, hijo mío!

La suave voz enmudeció y el teléfono móvil volvió a emitir su característico bip.
El jóven lloraba ahora como un niño. Jamás pensó que existiera nada más allá de esa vida miserable que conocía, pero allí estaba el testimonio de su padre, quien desde otra dimensión, desde algún lugar que a él le costaba mucho de entender y mucho más de imaginar, innegablemente le acababa de salvar la vida.
Ciertamente, porque Txema se dio la vuelta hacia el interior de la habitación, y sin pensárselo dos veces, cogió su maltrecha maleta y colocó en ella la poca ropa de que disponía.
Se acercó luego a la estantería, que pedía a gritos tres tornillos más para quedar bien sujeta y de un zarpazo recogió todos sus libros que siempre le acompañaban en sus peregrinaciones. Abrió con delicadeza aquella obra maestra de Hermann Hesse, “El lobo estepario” y más o menos por la mitad sustrajo los 840 € que aún le quedaban. Los últimos.
De paso, volvió a echar una ojeada a ese maravilloso libro del autor alemán: ¡Cuánto se le parecía ese melancólico joven que abandona un día la pensión donde vivía con su tía dentro de un ambiente burgués! ¡Cuan parecidas eran aquellas anotaciones que dejó al irse, con las desventuras de su propia vida!!!.

Colocó con mimo el libro dentro de la maleta, la cerró y la dejó junto a la puerta del pasillo.
Luego, puso dentro de un sobre los 300 € correspondientes al importe de la última mensualidad de la pensión, que vencía tres días después, anotando el nombre del casero y lo dejó suavemente sobre la mesita de noche.
Apuró los restos de comida que aún tenía en su pequeño Siemens de los ’80, increíblemente activo después de 33 años.
Se dirigió de nuevo al balcón, pero esta vez tan sólo para correr la cortina y conseguir algo más de intimidad.
Cogió el móvil y rescató de la agenda el teléfono de la compañía de autobuses Eurolines. Llamó y preguntó al empleado que salidas tenían previstas para última hora de la tarde. Había tres: una a Marsella, otra a Salzburg y la última a Düsseldorf. Fue esta última la que escogió y reservó.

Con todos los deberes hechos, Txema decidió hacer tiempo relajándose un poco. Se estiró en el maldito sofá, que ahora ya no le parecía tan horrible, colocó sus manos cruzadas tras la cabeza, apoyando allí su nuca y esbozó una leve sonrisa, la primera de los últimos días, mientras pensaba que en Düsseldorf, tan lejos de casa, seguramente podría volver a empezar.
Pensó también en el extraño hecho acaecido con el “retorno” de su padre, esa oportunísima conversación que le devolvió la serenidad y que estaba agradeciendo con un beso al aire.
La paz se apoderaba poco a poco de su cuerpo y su mente y en menos de cinco minutos, Txema dormía como un bendito... sin perder ni un ápice de su sonrisa.