23 ago. 2011

Castillo Real (Collioure)


El Castillo Real es uno de los monumentos más importantes de Collioure junto con la iglesia Nuestra Señora de los Ángeles.
La primera documentación del castillo es de 673, lo que evidencia la situación estratégica de este territorio.
El castillo y Collioure fueron posesiones de los condes de Rosellón antes de pasar bajo el control de los reyes de Aragón de 1172 a 1276. Más tarde, el Castillo Real fue unido al reino de Mallorca hasta 1343. Se convirtió entonces en residencia real (Collioure era en aquella época el primer puerto del Rosellón), ocupada de manera discontinua por los soberanos y su corte que se desplazaban a menudo entre el resto de sus posesiones. Entre 1242 y 1280 el castillo fue completamente reconstruido a costa de una casa de los Templarios vecina.
Tras la ocupación por las tropas Luis XI, Collioure, a partir del reinado de Carlos I, pasó bajo la dominación de los Habsburgo de España. Convenía pues adaptar la fortaleza de manera urgente a los progresos de la artillería. Así, las defensas del castillo y de sus alrededores se reforzaron considerablemente.
Durante la Guerra dels Segadors, en 1642, Collioure y su castillo sufrieron un asedio intenso. Las tropas del rey francés dominaban los montes y su flota bloqueaba el puerto. A raíz del asalto de la ciudad y del castillo por las tropas de Luis XIII de Francia, que constaban de unos 10.000 hombres. A consecuencia de este ataque, las tropas españolas, privadas de agua por la destrucción del pozo, deben rendirse.
En 1659, tras el Tratado de los Pirineos, con la anexión consiguiente del Rosellón, el castillo queda bajo dominación francesa. El arquitecto del rey de Francia Sébastien Le Preste, marqués de Vauban, decidió entonces fortificar el monumento, arrasando así el pueblo alto para fortalecer el recinto.
El castillo se convirtió en prisión en marzo de 1939, cuando se transformó en el primer campamento disciplinario para los refugiados republicanos de la Guerra Civil Española. Muchos otros fueron enviados a los campos de Argelès-sur-Mer y Rivesaltes. Después de 1941, los detenidos en el castillo eran franceses prisioneros del régimen de Vichy.
(Art. Wikipedia)

15 ago. 2011

Valió la pena


Esta fotografia es muy especial para mí porque era la primera vez que me presentaba a un concurso y todo ello en un delicado momento personal. Representó un pequeño oasis de paz entre tanta turbulencia. El 2º premio conseguido fue lo de menos.

Principios de verano de 1995. Me había apuntado un poco inconscientemente a un concurso fotográfico organizado por un periódico deportivo catalán. Lógicamente, el tema estaba relacionado con el deporte.
Así pues, aquel radiante y soleado sábado de junio me fui a pasear con mi cámara analógica, una simple Fujica reflex, sin pretensiones, pero que fue mi compañera de viaje durante muchos años. Quizá con ella he tenido los mejores momentos con este hobby, si dejamos aparte la ruina que suponían los revelados, hasta que dispuse de mi propio laboratorio.
El lugar escogido para realizar las capturas fue una vez más mi querida montaña de Montjuïc. Se desarrollan tantos deportes en esa zona, que raro sería no obtener una buena foto. Campos de rugby, fútbol, hockey hierba, hípica, piscinas, atletismo en Serrahima, o en el mismo Estadio Olímpico, me daban un buen abanico de posibilidades.
Pero como suele suceder en estos casos, la mitad de las instalaciones estaban cerradas y en el resto,  prácticamente no había nadie. ¡Qué suerte la mía! Seguro que si hubiera querido pasear en lugar de tirar fotos, hubiera habido colas en todos lados para ver algún campeonato de algo.
Bajaba hacia el coche medio enfurruñado, cuando me fijé en que delante del parking de la Escuela de Educación Física había un grupo de gente bastante numeroso. O había pasado algo, o se entretenían con alguna cosa.
Me acerqué y vi que se celebraban unas competiciones de patines en línea. Había jueces, anunciantes y un circuito marcado. En fin, todo tenía el aspecto de una prueba deportiva en toda regla y, por lo que parecía, a nivel nacional. ¡Jamás me hubiera enterado si no llego a pasear por allí accidentalmente!
Como parece que por  aquella época, era un deporte relativamente minoritario, no había mucho agobio de gente, así que me fue bastante fácil colocarme en un lugar adecuado para disparar. Preparé la cámara y mientras esperaba, aproveché para preguntar y enterarme un poco de qué se trataba la prueba. Ésta en concreto, era una “carrera por eliminación”. Es decir, cada cierto número de vueltas, en función de la cantidad de participantes, se elimina el último o últimos en pasar por meta. A falta de 3 vueltas para el final, debe quedar en pista un número prefijado de corredores que disputarán el sprint final, clasificándose por el orden de llegada a meta.
Pasé un rato muy agradable, tirando fotos como un loco y sobresaltándome cada vez que les veía caer sobre ese agrietado y abrasivo asfalto del parking. Desde donde estaba, se oía el golpe de los cuerpos al contactar con el suelo. Afortunadamente, no pasó nada grave, más allá de quemaduras, raspaduras y arañazos. Y los que veían la prueba, familiares, amigos y curiosos, debían estar acostumbrados, porque el único que se sobresaltaba era yo.
Cuando terminó la competición, me paseé un rato por el entorno, chafardeando aquí y allá, hasta que me tropecé con el trío ganador en la categoría femenina. Recuerdo que justamente fueron las que más me impresionaron por su arrojo, fuerza y labor de equipo, ya que quedaron clasificadas las tres (1ª, 2ª y 3ª). Esperé un ratito a que se ocuparan de sus cosas y que ninguna mirara a cámara y con el corazón a todo pálpito porque presentía algo, disparé.
Poco después esta foto quedó 2ª clasificada en el concurso Fujifilm-Club Barça Jove Sport, en la categoría de adultos, que organizaba Sport, el mencionado periódico deportivo con sede en Barcelona.